Por: J. Nicolás hartz.
Trataré de explicarte en un diálogo imaginario en que consiste esto.
Me dices que has apostado la vida por un amigo, y yo te digo, ¿y si pierdes la apuesta? Hiciste de tu vida todo un holocausto y renunciaste a tus sueños; sabes que solo se vive una vez y quedaría por demostrar si esa sola vez acertaste o te equivocaste.
Te lo jugaste todo por alguien, y queda por demostar si esa persona es quimera o substancia. Todo queda al aire.
Que tu vida sea absurda o sublime, aventura o desventura, depende de que esa persona signifique o no solidez.
¿Cómo me lo demuestras? ¿Cómo me lo pruebas? y tú me respondes que la palabra de Dios lo demuestra, más yo te pregunto ¿ y si la palabra de Dios fuera un engaño humano? Tú me dices: vamos a remitirnos al tribunal de Dios y te convencerás que todo es verdad.
Y si te dijera, ¿y si eso de despues de la muerte fuera otro engaño, el último y el peor?.
Este es el precipicio. Este es el vacío sobre el cual hay que saltar no una vez, sino con frecuencia.
Crees o no crees. Lo tomas o lo dejas. Al final nos quedamos sin podernos agarrar de algo sólido, sin ninguna prueba empírica, sin ninguna explicación que explique, sin ninguna evidencia que tranquilice.
Este es el momento de la fe. Aquí radica el valor y el mérito de la fe. Esta es la fe adulta de la que hablabamos, pues nos quedamos sin soportes, tenemos que dar el salto de pie, sin ningún apoyo. Nada ni nadie nos podra quitar el miedo al salto.
Es bonito y hermoso creer en la luz cuando es de noche. Esta es la fe que mueve montañas y nos da a los creyentes una consistencia indestructible.
El acto de fe es un obsequio. La fe, es un don de Dios, el primer don, por parte de nosotros los creyentes es un bello y fundamental acto de gratuidad.
Es gratuito porque, para dar esa adhesión vital, los creyentes no disponemos de motivos empíricos ni de razones tranquilizadoras. En la plena oscuridad, nos lanzamos a los brazos del Padre, a quien no vemos, sin otra seguridad que su palabra.
Hay, pues, mucha gratuidad y mérito por parte del hombre en el acto de fe; se constituye así por el hombre el máximo acto de amor, y en él están encerradas las grandes virtualidades del ser cristiano.
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domingo, 22 de marzo de 2009
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